top of page

¿Y si no lo ven?: la dificultad de distribuir en Oaxaca

  • hace 6 días
  • 5 min de lectura

Imagina que pasas meses, o tal vez años, grabando una historia con tus amigos. Le pones sudor, lágrimas y hasta el dinero que no tienes. Por fin la terminas, la pantalla se ilumina y... nadie la ve. No porque sea mala, sino porque en este país hacer cine independiente es como gritar en un cuarto insonorizado. En 2024, en México se hicieron 240 películas y más de la mitad fueron de jóvenes que agarraban la cámara por primera vez. Nunca había sido tan fácil grabar, pero nunca había sido tan difícil que nos vieran. De los más de 200 millones de boletos que compramos en taquilla ese año, ni siquiera cinco de cada cien fueron para ver películas mexicanas. La gran pregunta es: ¿a dónde van a parar las historias?


Tener un proyecto y no saber qué hacer con él: El caso de Euskadia

Para un joven oaxaqueño Tessa Gaitán, la chispa empezó en 2018. Junto con su productora independiente EK EUSKADIA, comenzó a jugar con la cámara. Para 2020, lo que era un experimento visual ya se veía y se sentía palpable. Hoy, cada proyecto audiovisual que hace tiene esa seriedad y producción que se nota pero para que más personas lo puedan ver lo que tiene que hacer es subir su trabajo a YouTube o soltar pequeños avances en Instagram.

​Pero el internet es tramposo: dar el salto de la pantalla pequeña de un celular a una sala de proyecciones, donde la gente se sienta a oscuras a compartir tu historia, parece una montaña imposible de escalar. Hay miles de jóvenes en el país que están exactamente igual. Tienen la producciones en la bolsa, el talento a flor de piel, pero las puertas para difundirlo está cerrada con candado.


Muestras de festivales y la odisea de la logística

Aquí es donde entran los testimonios de quienes ya le rascaron a este asunto y conocen el terreno. —Estamos totalmente condicionados por el cine gringo y comercial, suelta la maestra Karla Marila Quiroz, quien dirige la productora oaxaqueña Sinapsis.

​Y basta con ir a cualquier plaza el fin de semana para darle la razón: nueve de cada diez películas en cartelera son de superhéroes o explosiones millonarias, y si asoma la cabeza una mexicana, es casi seguro que es una comedia romántica cortada con la misma tijera para vender rápido.

​Karla recuerda los nervios que sintió al organizar la primera Muestra de Cine Oaxaca en el Teatro Juárez junto a su colega Abraham González.

​—Teníamos mucho miedo de que las salas se quedaran vacías —confiesa.

​Abraham pensaba que, con mucha suerte, irían cincuenta personas. Cuando vieron entrar a más de 150 asistentes, se dieron cuenta de algo enorme: la gente en Oaxaca sí quiere ver otro tipo de historias, historias que se parezcan a ellos. El verdadero freno no es el público, es la burocracia del gobierno. Para que te suelten un permiso o un apoyo te pueden traer dando vueltas semanas enteras. Al final, los que sacan el evento a flote son los estudiantes y los voluntarios, que ponen el cuerpo para que la película empiece.


La dirección de los festivales: ¿Quién maneja el barco?

Para entender cómo se mueve el barco desde la raíz, platicamos con Abraham González, un profesional oaxaqueño de la industria que tuvo que hacer toda su carrera en la Ciudad de México porque en su propio estado la distribución cinematográfica simplemente no existía. Toda la industria está amarrada y centralizada en la capital del país. Abraham, tras pasar por el programa Berlinale Talents en el Festival de Berlín, regresó con la idea fija de hacer algo por su tierra y así fue como gestó la Muestra Oaxaca: Cine para la Vida, financiada gracias al fondo público de Focine.

La dirección de esta muestra se sostuvo sobre tres ejes muy claros: cine para las infancias, cine documental y cine de las comunidades. Además, Abraham tomó una decisión radical y justa: pagarle a los cineastas por exhibir sus obras para que el público pudiera verlas completamente gratis. Él entiende perfectamente que el problema de la difusión no es solo colgar un cartel, sino entender la vida de la gente: el grueso de la población es clase trabajadora que labora incluso fines de semana, y ponerles una función de arte a las 10 de la noche al otro lado de la ciudad es dejarlos fuera. Por eso, su estrategia apuesta por la constancia: si alguien no pudo ver una película hace meses, hay que volver a pasarla en otra sede y dar otra oportunidad. Con esa visión, Abraham busca romper la centralización lanzando su propia distribuidora llamada Lulfin —con base en Oaxaca e Irlanda— y ya cocina la segunda edición de la muestra para septiembre de este 2026.


Difusión de proyectos: Lo local frente al gigante comercial

Cuando cruzamos los números locales con el panorama nacional, la diferencia es abismal. Mientras un festival independiente celebra con orgullo llenar una sala con 150 personas en recintos culturales como el Teatro Juárez, el MACO o el IAGO, las cadenas comerciales devoran el mercado con miles de asistentes diarios. ¿Pero qué es exactamente el cine comercial? Es ese cine diseñado netamente para el gran público, respaldado por estudios gigantescos, con fórmulas probadas, presupuestos millonarios y estrellas muy famosas, cuyo único y principal fin es generar dinero en taquilla.

Lo irónico —y aquí viene la crítica fuerte— es que incluso este cine comercial, que se supone que tiene todas las herramientas financieras para sostenerse solo, muchas veces se devora los financiamientos gubernamentales que tanto les faltan a los independientes. Un ejemplo clarísimo a nivel nacional es la famosa película El Infierno (dirigida por Luis Estrada y protagonizada por Joaquín Cosío como "El Cochiloco"). A pesar de ser una producción con un corte sumamente comercial y una distribución masiva asegurada, recibió un fuerte respaldo de fondos y estímulos del Estado como Eficine e Imcine. Entonces te preguntas con justa razón: si las películas que ya tienen el éxito y las salas aseguradas se quedan con los recursos públicos, ¿qué le queda a los proyectos comunitarios o a los jóvenes que apenas están empezando? Tienen que conformarse con raspar lo que sobre de Focine o hacer milagros con las uñas.


¿Por qué a los jóvenes se les quitan las ganas?

Ver este panorama tan desigual es desalentador. Cuando eres un joven entusiasmado y te das cuenta de que para que tu voz se escuche en una pantalla tienes que lidiar con la burocracia eterna del gobierno, que las distribuidoras están amarradas en la Ciudad de México y que las salas locales están invadidas al 90% por Hollywood, el impulso creativo se empieza a apagar.

A las nuevas generaciones se les quitan las ganas de hacer proyectos audiovisuales porque sienten que están jugando un juego donde las reglas están hechas para que pierdan. No es que falte talento o buenas ideas; lo que falta es un piso parejo. Si no se apoyan las distribuidoras independientes locales y no se abren canales reales de difusión en los municipios más allá de la capital, el cine corre el riesgo de quedarse en manos de unos cuantos, dejando en el olvido las historias de los que, desde su trinchera con una cuenta de YouTube o Instagram, solo quieren retratar su propia realidad.


Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page