Acelo Villanueva: del trazo a la trinchera; el cineasta que aprendió a filmar en el ojo del huracán
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Redacción: Francisco Yael y Pablo Daniel
A través de una videollamada por Meet. Al otro lado de la cámara está Acelo Villanueva, un realizador que rompe con el molde tradicional del cineasta de academia. Frente a él, un grupo de estudiantes universitarios. No todos los días se conversa con un director que, antes de ingresar al Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) , manejó el lápiz de la caricatura política , produjo radio comunitaria en la clandestinidad y conoció el peso de las esposas en una prisión estatal.
Villanueva pertenece a esa generación de creadores oaxaqueños que llegaron al arte no por mero ejercicio estético, sino por urgencia social. Su trayectoria ha sido una mutación constante: del dibujo satírico al fanzine ; de la barricada social al plano secuencia.

Del humor negro al fanzine: El origen del trazo
Mucho antes de sostener una cámara cinematográfica, la primera herramienta de expresión de Acelo fue la tinta. En su juventud, la realidad social se asimilaba a través de la sátira. Su faceta como caricaturista político estrechamente ligada a la influencia del proyecto editorial El Chamuco durante la crisis del 2006 moldeó su mirada hacia el entorno. El cartón político exige una capacidad brutal de síntesis, ironía y la habilidad de cuestionar al poder con apenas unos cuantos trazos.

Sin embargo, el papel impreso comenzó a quedarle chico.
“Yo empecé siendo propagandista”, comparte Villanueva rememorando sus inicios a los quince años como militante de una organización de izquierda. “Buscábamos la difusión de las ideas y de proyectos políticos a través de los fanzines, de publicaciones hechas en los márgenes del sistema, e incluso con los primeros contenidos que subíamos a plataformas como YouTube”.
Fue esa misma necesidad de comunicar la que lo llevó a fundar y producir Radio Platón en el año 2005. Comisionado por su organización, se convirtió en el productor de una emisora comunitaria que sirvió de megáfono para las demandas sociales en una época en que los medios tradicionales estaban completamente "cortados" por los intereses de los políticos de turno.
El salto definitivo al séptimo arte ocurrió casi por accidente, a través de una epifanía visual en su computadora: “Cuando combiné por primera vez una imagen con una música, yo dije: esto se tiene que dar para que exista”. Descubrió que el cine poseía una capacidad de emocionar que el panfleto político jamás lograría alcanzar.

Dos días en el kiosco: La memoria tras las rejas
El año 2006 transformó la geografía social de Oaxaca y la vida de Acelo. En medio de un escenario de conflicto permanente y movilización civil, las transmisiones de Radio Platón intentaban dar una "guerra aérea" para reportar los abusos de autoridad y el avance de las fuerzas policiales. En uno de esos despliegues caóticos, las circunstancias se tornaron en su contra.
“Una de las cosas que pasó es que caí preso”, relata con una serenidad sobrecogedora. “Éramos nueve detenidos; la mayoría de ellos eran maestros, excepto yo. Nos terminaron intercambiando por policías que el movimiento civil tenía retenidos en el kiosco del Zócalo”.
Aquella experiencia de cautiverio, aunque breve apenas un par de días, dejó una marca indeleble en su bitácora personal. El encierro no le hizo nada, sino que refinó su compromiso con la memoria histórica. Para Villanueva, hacer cine se volvió un deber moral ante la impunidad, una vía para rescatar del olvido los nombres de los asesinados, los torturados y los desaparecidos que dejó aquella oleada represiva. La caricatura ya no bastaba para retratar la densidad del dolor; hacía falta el tiempo real del documental.
La estética de la escasez: Modelar la cárcel en 3D
Hacer cine independiente en México es un desafío mayúsculo; Villanueva lo sabe de primera mano. Su largometraje documental Oblatos, el vuelo de los fragmentos, producido bajo el cobijo del CCC, requirió una odisea de casi una década para completarse. Desde que capturó las primeras imágenes en 2011 hasta su estreno formal en 2019, transcurrieron ocho años de gestión, edición profunda y resistencia económica.
“Lo más complicado siempre es conseguir los recursos, porque es una película que se hizo con casi nada”, explica el director. “Pasar cinco años en un proceso de edición te exige mantenerse auto entusiasmado para no perder la motivación en el camino, y convencer a tus fotógrafos, diseñadores y músicos de seguir trabajando prácticamente gratis”.
Durante la conferencia, le preguntamos sobre las recreaciones visuales dentro de Oblatos. La antigua prisión de Oblatos ya no existía, había sido destruida por el gobierno para construir un parque. Ante la falta de recursos para filmar recreaciones tradicionales con actores las cuales, según él, suelen caer en ilustraciones artificiales de "televisión local", Villanueva optó por una vía obsesiva.
Inspirado en los métodos visuales de directores clásicos del cine italiano y en la estructura técnica del cineasta Robert Zemeckis particularmente en cómo resolvió la película The Walk (En la cuerda floja) para recrear las Torres Gemelas, Acelo decidió volverse animador.
No teníamos dinero para una maqueta física, relata. Así que me tomó cinco semanas encerrarme para aprender a usar un programa de modelado en 3D desde cero. Construí la prisión de manera virtual y, junto con mi fotógrafo Hernado, pudimos meter lentes y cámaras virtuales dentro del software para diseñar los encuadres y recrear los movimientos exactos de los personajes. El resultado es una pieza de gran valor formal nacida de la absoluta escasez.

Contra el folclor institucional y las trabas del dinero
Hacia el final de la sesión por Meet, el diálogo gira en torno a la identidad, la distribución y los financiamientos culturales. Villanueva se muestra tajante y crítico frente a las narrativas prefabricadas de la industria. Al ser cuestionado sobre los estímulos fiscales en el cine mexicano (como el EFICINE), señala una contradicción estructural. Aunque celebra que existan cláusulas de discriminación positiva para descentralizar los recursos hacia creadores de provincia o proyectos indígenas, denuncia la enorme barrera burocrática.
“El problema es el papeleo”, puntualiza. “Te piden carpetas repletas de contratos, desgloses de seguros, cartas de compromiso y estados financieros. Si no tienes una empresa grande detrás que sea capaz de deducir millones de pesos en impuestos, acceder a esos fondos públicos es casi imposible para un cineasta independiente”. Esto provoca que el cine documental con alto contenido social quede relegado, mientras las salas se inundan de comedias comerciales homogéneas.
Su observación más aguda, no obstante, va dirigida a la mirada complaciente y paternalista que desde el "Norte Global" o las instituciones del centro del país se vierte sobre Oaxaca. Villanueva rechaza las etiquetas y los discursos de moda que pretenden normar la identidad.
“A mí no me agradan estos nuevos movimientos institucionales que intentan dictar qué es ser indígena o cómo debe lucir el cine de una comunidad”, sentencia con firmeza. “A veces la industria exige que el cine local sea puramente folclórico, como una postal turística para el exterior. Las comunidades tienen sus propias dinámicas, sus conflictos internos y su propia complejidad natural; no necesitan que nadie venga de fuera a decirles cómo representarse”.
El eco de la persistencia
Acelo Villanueva se despide, entendiendo que el cine no es un adorno burgués, sino un registro de supervivencia y una extensión de la trinchera. Su persistencia de casi una década para concluir un solo largometraje como Oblatos demuestra que, por encima de las trabas presupuestarias, las plataformas de streaming inaccesibles y las reglas del mercado, la urgencia principal sigue intacta: mantener viva la luz de la memoria histórica, insistiendo en proyectar sobre la pared las historias de aquellos que el poder pretendía desaparecer.
