El cine como trinchera y memoria: Una conversación con el cineasta Roberto López Flores
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El consumo cinematográfico vive una metamorfosis innegable. Entre salas comerciales que batallan por mantener cautiva a una audiencia saturada de superhéroes y pantallas verticales que devoran la atención en treinta segundos, hacer cine independiente desde las regiones de México parece un acto de fe. Para entender los retos, las nostalgias y las nuevas búsquedas de la cinematografía local, conversamos con el realizador oaxaqueño Roberto López Flores, creador del emblemático cineclub El Pochote y director de proyectos íntimos como “Quiero morir en esta casa”. Con una visión crítica pero abierta al cambio, López Flores nos platica sobre el oficio cinematográfico desde el corazón de Oaxaca.
¿Quién es Roberto López Flores? ¿Cómo se define a sí mismo y cómo percibe su visión de cineasta en el contexto actual?
Me defino, ante todo, como un cineasta oaxaqueño. Llevo ya bastantes años entregado a esto, y siempre lo he visto no como una categoría pretenciosa, sino como un oficio. Para mí, la cinematografía es una herramienta de expresión creativa total, algo que no lograba encontrar de forma aislada en la escritura o en la fotografía fija; el cine me llenaba por completo.
Por supuesto, las aspiraciones cambian con el tiempo. En los años noventa, cuando era joven y me fui de Oaxaca, las opciones para estudiar eran mínimas. Tenías que migrar a la Ciudad de México e intentar entrar a las únicas dos escuelas que existían: el CCC o el CUEC (ahora ENAC) de la UNAM, que fue donde logré ingresar tras mucho esfuerzo.
Hoy la perspectiva es otra porque los hábitos de consumo han dado un vuelco radical. Cuando decidí regresar a Oaxaca, mi ilusión era replicar el efervescente circuito de cineclubs de la capital. Así nació la coincidencia con el maestro Francisco Toledo y fundamos el cineclub El Pochote. Era un espacio rústico en los arquitos de Xochimilco, con capacidad para unas 50 personas, donde proyectábamos mi colección personal de películas y el acervo en DVD del maestro Toledo. Se llenaba siempre porque existía la necesidad de convivir a través de una película.
Esa sigue siendo mi aspiración profunda: reunirnos para vivir una experiencia transformadora. A mí el cine de joven me cambiaba la forma de ver la vida, me sanaba o me ayudaba a canalizar la tristeza. No quiero sonar nostálgico, pero eso ha cambiado. El otro día veía a jóvenes consumiendo telenovelas verticales de minuto y medio en el celular o revisando edits de series. No me cierro a eso; al contrario, me desafía a pensar cómo cautivar la atención en tiempos breves. Lo que sí me parece absurdo es el otro extremo: producciones de Marvel que duran tres horas. ¿Quién tiene tres horas de su vida para ver a gente en trajes de superhéroes? Entre el minuto y medio y las tres horas, sigo buscando el punto medio para mis propios cortometrajes.
Existe la premisa de que un cineasta siempre impregna su obra con su propia personalidad. En su caso, ¿qué busca reflejar en sus proyectos?
Hubo un momento clave en mi formación: hice un diplomado en Canadá gracias a un sistema de becas. Estando allá, sentí que espero que ningún canadiense me escuche les faltaban problemáticas latentes, temas urgentes. En contraste, pensé: "En Oaxaca tenemos un millón de temas". Al volver, tras la etapa de El Pochote, me volqué por completo en la riqueza local.
Primero me aproximé desde una de mis grandes pasiones: la comida. Mi amigo Alonso Aguilar me invitó a codirigir una serie documental en 2019. Recorrimos las ocho regiones del estado entrevistando a cocineras tradicionales en formatos cortos de 10 minutos. El proyecto se tituló “Mujeres hablando y cocinando”, y tuvo la particularidad de ser la primera serie documental filmada en lenguas originarias de Oaxaca. El formato corto fue ideal; al final sumaba unos 50 minutos totales que entrelazaban la gastronomía con la dura y bella realidad de estas mujeres. Después hice un documental sobre el mole. Para mí, el mole no es solo un platillo, sino un concepto artístico y filosófico. Así como cada cocinero tiene su propia receta y secretos, en el cine cada realizador hace su propio cine como si hiciera su propio mole.
Posteriormente, esa búsqueda de identidad mutó hacia algo sumamente íntimo: un documental sobre mi propia casa en el Centro Histórico de Oaxaca y cómo este ha sido transformado agresivamente por la turistificación y la gentrificación. El proyecto se titula “Quiero morir en esta casa”. Es una obra muy personal que apenas se ha proyectado un par de veces, pero retrata mi necesidad de hablar desde lo que soy.
Hoy en día también reflexiono sobre la otra función del cine: el escapismo sano. Cuando era joven, pensaba que el cine obligatoriamente debía ser una experiencia filosófica y de confrontación dura. Ahora creo que también es válido que el cine sea un refugio, una sala oscura donde puedas dejar de lado las deudas, olvidarte del jefe, enamorarte y habitar otro mundo por un instante.
"El mole es un invento que conceptualmente nos sirve para el arte, la escritura y el pensamiento. En el cine pasa lo mismo; cada quien hace su propio cine como su propio mole."
Su documental Quiero morir en esta casa posee una carga marcadamente autobiográfica. ¿Qué implicó poner su historia familiar y sus emociones bajo el escrutinio de la pantalla?
Fue un proceso no solo difícil, sino devastador en términos energéticos. Comenzó como un cortometraje que se fue expandiendo. En medio de la pandemia, atrapado por la angustia del encierro, empecé a observar mi cotidianidad con una mirada cinematográfica: la luz que entraba por los rincones, la memoria de mis abuelos, de mis padres, mis hermanos y de mis propios hijos que ya se han ido a estudiar fuera.
Además, encontré una caja con más de 30 películas en formato casero que mi papá filmó en los años 60 y 70. Las digitalicé y las incorporé al montaje. Revisar el pasado, ver a tus padres vivos y jóvenes en pantalla es hermoso, pero desenterrar esa nostalgia me consumió por completo. Al terminar el proyecto me enfermé físicamente; terminé muy mal psicológicamente. Tuve que dejar descansar la obra. Con el tiempo entendí que el proceso fue terapéutico, aunque no me entusiasman los cineastas que usan el cine conscientemente como terapia o que caen en el egocentrismo. Yo lo hice sin saberlo, casi de manera inevitable por las circunstancias.
En un estado con la complejidad social y cultural de Oaxaca, ¿cómo evita un cineasta local caer en el aislamiento o en una especie de "ombliguismo" cultural?
El "ombliguismo" y el narcisismo existen, no lo voy a negar. Mirar demasiado nuestra propia tierra puede terminar por taparnos los ojos ante el resto del mundo. La única vacuna contra eso es el ejercicio constante de ver otras cinematografías, salir a festivales y participar en encuentros. Ver cómo un director en Argentina, por ejemplo, aborda el cine biográfico desde otra perspectiva te refresca la mirada y te descentraliza.
Con la llegada del cine digital, las dinámicas de producción se transformaron. Desde su trinchera, ¿qué balance hace de este cambio tecnológico?
El cambio es inevitable y hay que abrazarlo. Lo que me preocupa de la inmediatez digital es la pérdida de la pausa para pensar. Antes, entre filmar, revelar, transferir y digitalizar, pasaba un mes; tenías tiempo para reflexionar en lo que habías hecho. Ahora veo a mis alumnos editando de manera mecánica directamente en sus computadoras de un momento a otro. Sin caer en nostalgias, debemos regresar siempre al lenguaje cinematográfico los ejes, los lentes, la composición porque es la herramienta técnica que te permite conectar profesionalmente con el público. Fuera de eso, celebro que los jóvenes hagan documentales con celulares o formatos para YouTube; si hay una historia interesante que abra puertas, yo estoy abierto.
A lo largo de su trayectoria, ¿cuáles diría que han sido los retos más complejos que ha sorteado?
Identifico tres etapas claras. El primer reto fue la inaccesibilidad técnica de mi juventud: rentar una cámara o pagar un equipo era prohibitivo. El segundo fue el hermetismo de las instituciones oficiales como IMCINE; antes era un circuito cerrado de amigos donde hacías fila y nunca te abrían la puerta, algo que afortunadamente ha cambiado para dar paso a nuevas voces.
El tercer reto, que es el que me desvela hoy en día, es la relación con el público. ¿Cómo invitamos a la gente a ver cine oaxaqueño cuando las mismas franquicias de Hollywood batallan por llenar salas? Hay una realidad comercial ineludible: los estadounidenses siguen siendo los dueños de las pantallas mexicanas por acuerdos comerciales que nos imponen sus productos. Pero incluso ellos están fracasando con sus fórmulas de superhéroes.
El problema crítico en Oaxaca es que nos hemos malacostumbrado a que el 99% de las funciones independientes sean gratuitas. Te invitan a proyectar un corto, asistes, pero nadie contempla una retribución económica para el realizador. Se asume que el cine local debe ser gratis, y eso no es justo. Hacer cine cuesta dinero, tiempo y alma. Debemos formalizar el hábito de que el espectador pague una cuota, por modesta que sea, para dignificar y hacer sostenible nuestro trabajo.
Si abandonamos la batalla por el público y los espacios comunitarios, las telenovelas cortas de internet que muchas veces operan con un cinismo absoluto robando historias sin pagar derechos nos van a ganar el terreno. Nos toca defendernos en gremio, educar audiencias y demostrar que el cine local aporta un valor real, justo y profundamente nuestro.



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