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Luna Marán: las películas como una forma de abrazar

  • 24 jun
  • 5 min de lectura
Luna Marán

Reconstruir, resignificar y repensar. Esas tres palabras quedaron rondando después de conversar con Luna Marán. También quedaron algunas preguntas sobre la memoria, la familia y las maneras en que aprendemos a expresar afecto. Originaria de Guelatao de Juárez, en la Sierra Norte de Oaxaca, la cineasta zapoteca ha construido una trayectoria que cruza la producción audiovisual, la gestión cultural y la creación colectiva. Cofundadora de proyectos como Cine Too Lab, JEQO y el Centro Audiovisual y de Investigación (CAI), Marán se ha convertido en una de las voces más importantes del cine comunitario contemporáneo en México. Sin embargo, cuando habla de su trabajo, rara vez lo hace desde el lugar de la autora única. Prefiere hablar de procesos, de diálogos y de escuchas.


Su primer largometraje documental, TÍO YIM, surgió precisamente de una inquietud personal: contar la historia de Jaime Martínez Luna, intelectual zapoteco, músico, activista y fundador del concepto de comunalidad. Pero también de una dificultad emocional: contar la historia de su propio padre. Durante años intentó escribir una película sobre él. Lo hizo desde una perspectiva íntima, buscando una estructura que permitiera hablar de esa figura tan cercana y tan compleja. Sin embargo, algo no terminaba de funcionar; la historia parecía demasiado personal. “Muy emo”, recuerda entre risas. Entonces comprendió que no quería hacer una película sobre su familia sin involucrar a quienes formaban parte de ella. La solución fue convertir el proyecto en un proceso colectivo. Propuso que todos participaran y que la propia construcción del documental también fuera filmada. Así aparecieron las reuniones familiares, las discusiones sobre la estructura narrativa y los momentos cotidianos que terminaron definiendo la película.


Una de las escenas más significativas surgió de manera inesperada. Jaime Martínez Luna escribió una canción para el documental en apenas unos minutos. Cuando su esposa la escuchó, comenzó a cuestionarlo. Ese intercambio doméstico terminó convirtiéndose, para Marán, en uno de los ejes emocionales de la obra. Lo mismo ocurrió con otras decisiones importantes, como la imagen del bosque que abre la película; más que una idea individual, fue una construcción compartida. El documental tardó siete años en completarse. La participación de su familia fue posible, en parte, porque todos estaban acostumbrados a comunicar. Sus padres habían trabajado durante años produciendo contenidos y compartiendo ideas en distintos espacios comunitarios. Aun así, existía el reto de exponer aspectos íntimos de sus vidas frente a una cámara.


Para Marán, el proceso implicó renunciar a la figura tradicional de la directora que controla cada detalle. Depositar la autoría en una colectividad cambió la dinámica de trabajo. Las decisiones comenzaron a discutirse entre varias personas y las dudas encontraban más de una respuesta; incluso el montaje se convirtió en un espacio de conversación permanente. Fue entonces cuando descubrió una de las cosas que más disfruta de dirigir: construir procesos capaces de generar resultados inesperados. En lugar de imponer una visión cerrada, le interesaba crear las condiciones para que las ideas aparecieran.


Esa lógica también le ayudó a resolver un problema narrativo importante. Durante buena parte del montaje, ella prácticamente no aparecía en la película, y su hermana fue quien señaló la ausencia. Si el documental había surgido de una inquietud personal, ¿por qué la directora permanecía fuera de la historia? La observación la obligó a reconsiderar el papel de su propia voz. Así surgió la narración en off que atraviesa varias secuencias de TÍO YIM. Aunque inicialmente se resistía a incluirla, terminó comprendiendo que también era necesario explicar desde dónde estaba haciendo la película. Más que protagonismo, se trataba de equilibrio. Para ella, la voz en off fue resultado del mismo ejercicio de escucha que había guiado todo el proyecto.


La creación colectiva también se extiende a su forma de trabajar con los equipos de producción. Marán habla con afecto de la relación profesional que mantiene desde hace más de una década con la productora Sofía Gómez Córdova. La confianza, dice, permite conversaciones abiertas, pero sin confundir responsabilidades. Ese equilibrio entre escuchar y dirigir continúa siendo uno de los principales desafíos en cada nuevo proyecto. Lo importante no es desaparecer como directora, sino crear espacios donde las distintas voces puedan participar sin perder claridad en los roles.


Cuando TÍO YIM comenzó a exhibirse, apareció una nueva preocupación. Durante años había temido que la película pudiera afectar negativamente la relación familiar. Ocurrió lo contrario. Con el paso de las funciones y los encuentros con el público, sintió que la experiencia fortaleció algunos vínculos y abrió conversaciones que antes parecían imposibles. Eso no significa que el proceso haya sido sencillo. Cada proyección implicaba una exposición emocional intensa. Recuerda el nerviosismo, los dolores de estómago y la incertidumbre de observar cómo otras personas interpretaban una historia tan cercana. Porque una vez que una película se comparte, deja de pertenecer exclusivamente a quienes la hicieron. Los personajes dejan de ser exactamente quienes son en la vida cotidiana para convertirse en imágenes que cada espectador interpreta desde su propia experiencia.


Quizá por eso una de las mayores sorpresas fue descubrir cuántas personas se identificaban con la historia. Marán pensaba que su familia era particularmente singular. Sin embargo, las conversaciones posteriores a las proyecciones le mostraron algo distinto: había muchas otras “Lunas” y muchos otros “Jaimes”. Personas con preguntas similares sobre la familia, la memoria, el amor y la manera en que construimos nuestras relaciones. Ese reconocimiento mutuo es una de las cosas que más la conmueven del cine. Cuando una historia logra conectar emocionalmente con alguien, deja de ser completamente individual para convertirse en una experiencia compartida.


La conversación inevitablemente llegó a uno de los temas más sensibles del documental: las distintas formas de expresar afecto. En TÍO YIM aparece una reflexión sobre las maneras de decir “te amo”, especialmente dentro de contextos comunitarios e indígenas donde el cariño muchas veces se expresa a través de acciones y no necesariamente mediante palabras. Al preguntarle si la película era una forma de decirle “te quiero” a su familia, la respuesta llegó sin rodeos: Sí. De alguna manera, esa era precisamente la búsqueda. Entender las múltiples formas de expresar afecto y reconocer que el amor no siempre se manifiesta de la manera que esperamos.


La reflexión la llevó a hablar de algo que considera profundamente político: la colonización emocional. Recuerda el caso de un amigo que se sentía herido porque su madre nunca le había dicho verbalmente que lo quería, sin embargo, cada cumpleaños ella le preparaba comida y tamales. Para Marán, ahí existe una tensión generacional que muchas veces pasa desapercibida. Las generaciones anteriores expresaban el cariño mediante cuidados, trabajo y acompañamiento. Las nuevas generaciones suelen buscar palabras, gestos y formas distintas de validación emocional. En ese desencuentro se pierden significados. Y quizá uno de los grandes retos actuales consiste en volver a aprender a leer esos lenguajes; a traducir los afectos sin borrar las formas propias de nombrarlos.


Por eso, cuando piensa en sus películas, no las entiende únicamente como obras audiovisuales. Las entiende como gestos. Como intentos de acercarse a otras personas. Como una manera de abrazar. Porque, al final, filmar también puede ser una forma de decir “te quiero”.

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